Skip to content

>>Inicio arrow ¿Es Necesario Manuel Alemán?
¿Es Necesario Manuel Alemán?

¿Es necesaria la identidad? La pregunta de Stuart Hall sobre quién necesita la identidad está presente en Manuel Alemán, por eso hemos titulado esta introducción como una metonimia del maestro Alemán Álamo. Haber llegado a 10 ediciones de Psicología del Hombre Canario, debe tener alguna relación con la pregunta de Hall, pues se comprueba que la libido identitaria, tan poco gratificada en Canarias y que se ha prestado a pocas reflexiones realmente estimulantes como la de Manuel Alemán, sigue en el deseo.

La identidad es un concepto que se ha vuelto explosivo y de difícil teorización, sometido a críticas y revisiones, pero que sin embargo hoy más que nunca está presente en un alto porcentaje de disciplinas (Hall). Cuando Stuart Hall pregunta por el debate del concepto, aboga por un enfoque discursivo (prácticas discursivas) del asunto, más que esencialista, y refiere el concepto de identificación como más acorde para dar cuenta de esa realidad mutable, inestable, llena de cambios en que hoy se ha convertido la identidad. El mismo Bauman, aludiendo a Hall, dirá que es mejor hablar de identificaciones que de identidades, en consonancia con un mundo más globalizado, donde las identificaciones están siempre abiertas e incompletas. Manuel Alemán, ya desde 1980, aboga por no cerrar las identificaciones a sólo lo canario, al regionalismo cerrado que nos lleva a perder conciencia universal. Tampoco lo cierra al esencialismo de la raza, pues nos avisa del riesgo de caer  en el racismo si reducimos la persona a niveles biológicos.

Como dirá Bauman, las adscripciones a que obligaba la premodernidad hacían innecesaria la tarea de construir una identidad, puesto que ya estaba dada de antemano; pero con la modernidad las cosas cambian y ahora es una tarea llena de inseguridades y vacilaciones para aquél que quiera emprender el camino de arriesgarse con nuevas o variadas identificaciones.

Ahora, con la modernidad, las camisas sólidas de la identidad se vuelven más líquidas. Y es así, pues desde esta poca solidez estamos en el mundo y en Canarias: lugares de tránsito de identidades, lugares invitados a ser cualquier cosa que pase a través de ellos, de nosotros, “lugares líquidos” y “no lugares”.

A poco que imaginemos a Canarias desde la metáfora de Marc Augé de los “no lugares”, o mi metáfora de “lugares líquidos”, reiventada al combinar a Bauman con Augé, me doy cuenta que la preocupación de Manolo, nuestro Manuel Alemán, es que Canarias dejara de ser un “lugar líquido”, sometido a la periferia y desgajado de una centralidad propia, sacrificado por intereses espúreos, desautorizada y banalizada culturalmente para que no pensara en sus propias alternativas. Y ya se sabe, los “lugares líquidos”, los “no lugares”, son espacios lábiles, expuestos a más ofertas de identificación que los lugares que ocupan lugares centrales, reposados. Desde esta idea es que debe entenderse la crítica de Manolo al europeísmo, una Europa colonial y explotadora, una Europa que nos invita a ser como ellos, pero quedándonos en la periferia, <<descentrados>> como literalmente escribe Manolo, para lanzarnos al “no lugar”, lugar de “identidades líquidas”.

 

Los lugares como Canarias, lugares que se han formulado como de tránsito entre continentes, puente de enlace entre continentes y lugar de tránsito entre múltiples culturas y así sucesivamente, son lugares que se pueden quedar en “no lugares”, lugares de paso, de tránsito, vacíos de tanta liquidez que las liquida. Esta liquidación sutil, soterrada, invisible, inmaterial, con las buenas maneras de la opresión disimulada y el doble filo de las navajas que advierten que es peor identificarse con el deseo de existencia propia que con el amo, que de comer en su mano pasará a la correa de castigo. Es esa correa de castigo, en la mano del amo, la que recorre Manuel Alemán cuando repasa nuestra historia.

Estemos o no de acuerdo con las tesis de nuestro autor, abrió una narrativa intelectual que supuso una narrativa de sentido para los canarios y canarias, tan desamparados y autocensurados acerca del significado de nuestra condición histórica, siempre en relación con el devenir histórico más amplio de esa humanidad global que nos ha tocado vivir de forma enteramente genuina. Es de esa genuinidad de la que se ocupó Manuel Alemán, vinculando la identidad con relaciones intergrupales de control y con formas institucionalizadas de subordinación y opresión social. Es por esta razón que la identidad en Manuel Alemán se explica desde la desigualdad de poder y por las ventajas y gratificaciones obtenidas por los centros de poder promotores de los diferentes modelos de desarrollo colocados en nuestra historia.


Manuel Alemán, Manolo, atrajo a muchos lectores y sigue haciéndolo. Lectores de ayer o lectores de hoy que han visto crecer la necesidad de reconocimiento colectivo que tenemos los canarios. Unas necesidades todavía sin cubrir, especialmente ahora que los asuntos de las identidades étnicas se han convertido en la contestación local a las exigencias económicas y culturales del fenómeno de la globalización. Sin embargo, al leer y releer Psicología del Hombre Canario, uno llega a preguntarse si realmente la historia de Canarias no es la historia interminable de una globalización endémica que ha particularizado nuestro devenir histórico y nos ha descentrado más aún, para seguir considerándonos un “lugar líquido”.


Descentramiento que se detecta al comparar la existencia de más reflexiones y materiales sobre la identidad étnica catalana o vasca que de la canaria. Si bien es cierto que tenemos una relativa generosa producción sobre objetos culturales a describir (a etnografiar), no ha tenido su contrapartida la identidad y sus avatares en sí, donde el estudio del maestro es una psicología social antropológica de la identidad canaria en toda regla.


Muy en la línea, adelantado a su tiempo que siempre fue el maestro, tanto en lo personal como en lo intelectual, en un momento en el que las cuestiones de identidad han adquirido una particular relevancia porque su estabilidad y su dinámica se cuestionan constantemente, en esta nuestra modernidad “líquida” o tardía. Los trabajos de Giddens, Bauman, Castells, Stuart Hall y Baumeister han puesto de manifiesto esta irrefrenable pasión por la anhelada estabilidad y seguridad de la identidad en un mundo cambiante, en permanente construcción y reconstrucción.

 


Sumergirse en el campo de la identidad, desde este punto de vista productivo, nos permite detectar que los estudios etnoidentitarios producidos por las llamadas nacionalidades históricas son un síntoma de centramiento en intereses y preferencias colectivas, aunque sean reductibles a las élites dominantes. La acción basada en intereses de grupos determinados, sin embargo, puede perfectamente conformar acciones colectivas si ese grupo de vanguardia tiene poder social suficiente para mantener un discurso coherente capaz de influir en otros sectores de la sociedad a los que puede hacer sentirse referenciados e identificados por unos intereses y sentimientos comunes. No importa que esos sentimientos comunes se basen en comunidades imaginadas, como decía Benedict Anderson:

[...] con un espíritu antropológico propongo la definición siguiente de la nación: una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión [...] Las comunidades no deben distinguirse por su falsedad o legitimidad, sino por el estilo en que son imaginadas [...] La nación se imagina limitada porque incluso la mayor de ellas, que alberga tal vez a mil millones de seres humanos vivos, tiene fronteras finitas, aunque elásticas, más allá de las cuales se encuentran otras naciones [...] Se imagina soberana porque el concepto nació en una época en que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la legitimidad del reino dinástico jerárquico, divinamente ordenado [...] Por último, se imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal. En última instancia, es esta fraternidad la que ha permitido, durante los últimos dos siglos, que tantos millones de personas maten y, sobre todo, estén dispuestas a morir por imaginaciones tan limitadas. (Anderson, Benedict, 1993:  Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México: FCE).

 

Es el sentimiento compartido de pertenecer a una misma identidad y voluntad, no el pasado común, aunque exista, ni la historia, aunque se posea, o la lengua, religión o cualquier otra cosa, sino ese sentimiento de que somos uno, el compartir una representación común lo que convierte a gente dispersa en un todo integrado.

 

Descentramiento versus centramiento no es un binomio fácil de explicar, a no ser que se acuda a teorías de alcance estructural e histórico. En el caso de Canarias, esta aparente falta de ocupación productiva por la identidad no puede argumentarse como falta de interés por los canarios. El contrapunto llamativo está en las diez ediciones del libro de Manuel Alemán, algo gigantesco si pensamos en las limitaciones de nuestro mercado editorial.

 


Mi hipótesis, nacida al calor de conversaciones con el maestro, es que somos una sociedad de relaciones entre forasteros y establecidos, de relaciones conflictivas y cambiantes, de asimetrías de poder entre grupos sociales establecidos y recién llegados, tal como fueron estudiadas por Norbert Elias estas relaciones antagónicas. Sólo que, en el caso canario, las cosas sucedieron al revés de cómo las estudió Elias: que los forasteros, a partir de la conquista, fueron los que en general acumularon más poder en el tiempo. La sociodinámica entre establecidos y forasteros, de relaciones comunitarias conflictivas entre grupos oposicionales, constituye la nota musical que siempre suena, entre líneas, pero con claridad, en el sustrato de Psicología del Hombre Canario.

 

Es posible que los pueblos sin historia, no tenidos en cuenta por la historia de las gentes de Europa, al ser pueblos pasados por el baño helado de la colonización empezaron a contar, a ser tenidos en cuenta, pero de una forma determinada que los hacía, nos hacía, seguir siendo desposeídos y alienados por su participación (forzada) en una historia globalizada nacida de la voluntad de poder de la que hablaba Manolo. Y así seguimos, todavía titiritando de frío, esperando que el calor de nuestra fuerza genere una narrativa identitaria que oriente el sentido de esa “historia borracha” que va dando tumbos, siempre buscando encontrar ese ansiado centro de gravedad que nos proporcione la calma y el equilibrio que todavía no tenemos.

Eje de sentido, centro de gravedad a conquistar, no como si la identidad fuera una esencia, una sustancia inalterable, sino, simplemente, una respuesta a la pregunta más actualizada acerca de cuántas identidades poseemos los canarios y cuál de ellas nos favorece como colectivo humano en según qué contextos histórico-sociales, como comunidad creciente, cohesionada socialmente, aspirante a ser una ciudadanía civil (con garantía de libertades, una vez que los derechos de contestación están siendo anulados por una cada vez más creciente política de caciquismo de nuevo cuño); una ciudadanía social (derecho al bienestar, ya que somos una de las comunidades del Estado español con el índice más alto de pobreza) y, por último, una comunidad cultural, el reconocimiento de que pertenecemos a una comunidad humana específica que desea renombrarse y que no encuentra medios de libertad que impulsen la visibilidad de sus derechos y obligaciones.

 

Hay quien hace una lectura de Psicología del Hombre Canario sin ver qué visibilidades quiso transparentar Manuel Alemán. No llegan a ver que la noción identitaria que lo conmueve es la conflictiva, la que es producto y proceso a la vez, la que responde a un eterno y nunca acabado orden identitario deseado. La identidad que es deseo en construcción y cuya psicología de la liberación corresponde a un “ideal universal” de fraternidad que alcanza más lejos de la inmediata identidad canaria, para llegar a fundirse en otras identidades, una vez que el reto del orden moral deseado haya cumplido su expediente.

 


Las lecturas intelectualizantes y abstractas que se han hecho de su libro, o las meramente descriptivas, como si de un libro de texto se tratara, no llegan a captar el conjunto de prácticas que componen su hermenéutica del mundo. La dificultad de encontrar algo más que meras lecciones de “psicología de los pueblos”, -siguiendo el modelo alemán de psicología social de Wund- ; o las más pintorescas, que ven en las ideas de Manolo el cuño del primer romanticismo intelectual y político que llevó a algunos pensadores idealistas a confundir ficción con realidad a poco que se despistaran, está, esta dificultad, decía, en desconocer que su obra es el más vivo reflejo de lo que él era en lo personal. Una persona con formación de banda ancha, humanista de saberes y tejedor de redes de compromiso ético para la vida en común.

 

Esa es la cuestión: redes de compromiso ético. Tenía Manolo una probada y descomunal sensibilidad hacia las injusticias, por eso llamó la atención sobre nuestra circunstancia y sobre nuestro entorno canario. Si se lee con detenimiento la obra del pensador, trata de una “idea ética” de la identidad. Identidad irrecuperable si se omitía la restitución de la dignidad, la lucha política y la liberación de los oprimidos. Una ética que se basaba en la liberación de identidades sojuzgadas, explotadas social y económicamente, a través del periplo histórico canario correlativo a un pueblo asido a sucesivas olas migratorias y a ser mano de obra en una economía siempre vertida hacia el exterior.

 

La persona y el respeto hacia la misma formaban parte del entramado de su moral personal, una misma moral que alcanzaba por simpática transmisión la moral colectiva con la que pensaba al pueblo y la historia de Canarias. La persona del pensador y la persona íntima eran perfecto correlato la una de la otra, sin duda. La educación y el orden social, la identidad y el orden social, la política y el orden social, la familia y el orden social, la juventud y el orden social y un largo etcétera formaban parte de su indagatoria humanista de la persona: un irrenunciable ético que enlaza a la persona con el orden social, a la libertad con los derechos, y, singularmente, a la historia con las acciones de injusticia que había que denunciar. La identidad canaria vivía un hacinamiento moral engorroso que había que visibilizar y, para ello, había que levantar las baldosas del orden social, histórico y político, colocadas en la trayectoria de nuestra psicohistoria canaria.

 

Haber estado con Manolo, sentir el mecanismo de fondo de su discurso, no es algo que se retenga como quien va al cine a ver una película y después la comenta. Captar los contextos sociopolíticos y de exclusión social donde ubicaba el tema de la identidad canaria, haciendo aparecer a los sectores marginales como actores importantes de nuestro pasado y, sobre todo, de nuestro porvenir, es llegar dolorosamente a captar la idea de violencia estructural en tus propias carnes, una violencia que había <<entrado sin permiso dentro de uno mismo>>, algo que yo mismo había omitido porque sencillamente estaba convencido que los canarios somos unos aplatanados.

 


De este modo, la responsabilidad de la identidad es histórica, pero también personal, de cada canario. Conciencia neblinada es algo más que una bonita metáfora cumbrera y meteorológica, es una metáfora que sólo se entiende desde una comunicación más profunda, y decía que dolorosa, que provoca profundos cambios en el alma de quien se hacía parte participante de los diálogos con Manolo porque, sin duda, sus “operativos intelectuales” estuvieron en la palabra y en la escucha, en transferir responsabilidades al interlocutor, aunque ese interlocutor, como fue mi caso, sólo fuera un fiel buscador de alguna documentación y, sobre todo, sparring-aprendiz en el cuadrilátero de Psicología del Hombre Canario, donde el maestro me había introducido cariñosamente, para darme un tortazo de vez en cuando y espabilara mi relación de miedo y desconfianza hacia la complicada idea de captar que, identidad personal e identidad colectiva, son simultáneas y de efecto sinérgico.

 

El miedo a la identidad, miedo de muchos canarios, es un miedo a los dilemas históricos que están sin resolver, a los límites imprecisos del yo colectivo y el yo individual, entre el orden político de convivencia vigente y la dinámica de las aspiraciones inconclusas, difusas o erráticas. ¿Cuáles son nuestras adscripciones identitarias? ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Con quién nos asociamos? De los otros grupos étnicos existentes, ¿cuál o cuáles forman parte de nuestro mestizaje y con qué sentimientos y con qué razones nos hemos movido-oscilado históricamente entre dichos grupos? ¿Qué se puede negar o afirmar? ¿Qué se debe cambiar y qué debe permanecer? ¿Qué ha cambiado? Son preguntas de vértigo que buscan calmar nuestras desorientaciones, especialmente con la llegada de la democracia, que nos invitó a elegir figuras de reconocimiento e identificación por las que hemos pasado al día de hoy, sin que hayan sido del todo abandonadas, sino más bien transformadas, sincretizadas o sostenidas bajo formas híbridas nunca cerradas del todo.

 

Los políticos, a nivel regional, han puesto difícil este reconocimiento identitario. La pedagogía política de sus repertorios ha reaccionado mal a la democracia, confundiendo instrumentalizar a las masas con educar a las masas, o bien, en el menos malo de los sentidos, informarla. Pero se trataba de educarla educándose con ella, concibiendo que la educación es una práctica política como decía Manolo que decía Paulo Freire. La identidad, en este sentido político y de pedagogía, no ha tenido en la clase política, sólo en contadas ocasiones, una mano de liderazgo socializador desde la actoría pública.

El miedo y la desconfianza hacia el sí mismo colectivo ha fraguado sobre un déficit de memorias de compromiso durante el proceso de socialización política de los canarios. La conciencia de identidad pasa por una conciencia política de las relaciones de poder, y, las antiguas dependencias populares, por logros de entendimiento (conciencia) del sentido de los cambios implicados en la democracia. Pero nada de esto ha interesado a la pedagogía política, porque se prefirió fomentar el miedo y la dependencia, la inseguridad y el desencanto por la incapacidad de los líderes políticos para establecer nuevos proyectos de socialización en una Canarias que podía, por una vez, tomarse a sí misma como referencia.


Una gran parte de la redacción de Psicología del Hombre Canario tuvo lugar en los meses de agosto, durante aproximadamente tres años, en la isla de Fuerteventura, en un lugar llamado Corralejo y cuya realidad fue un laboratorio vivo donde Manolo apreció las influencias de la modernidad de los cambios llevados por el turismo, así como los efectos y reacciones de los lugareños. No quiero decir que empezara a pensar tal asunto en Corralejo, ya lo hizo en el sur de Gran Canaria, sino que las cercanías y conocimiento inmediato de “personajes canarios” del lugar, con los que trabó una buena amistad, le hacía reflexionar en alta voz, sentados él y yo en la terraza del apartamento que nos alquilaba Ramón, uno de los personajes que le ayudaron (sin saberlo) a ver, in situ, procesos de cambio en las ideas, en los sentimientos y en los comportamientos de la gente de Corralejo.

 

Hay que decir, claro está, que antes de empezar a escribir su obra más importante ya iba de vacaciones a Fuerteventura y desde ese entonces ya reflexionaba sobre estos asuntos del cambio social y las influencias sobre la identidad. Una razón más para saber que la identidad representada en sus argumentos psicosociales huía del esencialismo a favor del construccionismo social e histórico. Responder a la pregunta quién soy yo no era, para Manolo, un ejercicio caníbal, sino más bien exploratorio y viajero, considerando la existencia de la identidad como diferentes estaciones pasadas, presentes y futuras. Pero un futuro, merced a su concepción sociológica, histórica y psicológica que tenía más de viaje interminable, cuyas únicas metas fijas consistían en alcanzar la buena sociedad, lograr un estatus moral permanente gracias al esfuerzo de liberación e institucionalización de justicia social y cultural para Canarias.

 

Era la de Manolo, Manuel Alemán, una profesión peligrosa. La de pensar, la de ser libre y no hacerse pasar por lo que no era. Manolo era por ello un virtuoso que sufría. Virtud, “fuente rica de sufrimientos para el ser humano”, decía Aristóteles, que hicieron de Manolo un hombre valiente. Amigos de sus amigos, pero más amigo de la verdad como también dijo Aristóteles refiriéndose a Platón, hacían de este canario singular un hombre respetado por su profundidad moral y su sentido noble de la vida en común. Un sentimiento de protección del más débil y atropellado hacía que tomara partido por lo justo, mientras otros se inclinaban por lo que favorecía sus intereses o su ego personal. No perseguía grandes satisfacciones ni reinados imperiales, porque la actitud de acogida era más fuerte que la de anulación, lo que llevó a más de uno a clasificarlo como un “buenazo” o un “ingenuo”, casi siempre por parte de quienes sí que aspiraban a pequeñitos imperios domésticos, a tener algún podercito menguante que barnizara sus precariedades personales y sus afanes autoritarios, de poderío.

 

¡Qué impresionante el poder moral de Manolo! Acompañaba su rostro con una eterna sonrisa que inspiraba ternura. Atento y respetuoso, nunca desperdició el tiempo de los demás, ni trató de usufructuar o colonizar a nadie. Nunca utilizó la abundancia de poder para comprar lealtades. Fuera o dentro de la Universidad, si hacía algo por alguien, dejaba la extraña sensación de que nada le debían. Era de los que nunca pasaba factura. Sin embargo, los que tuvimos la suerte de vivirlo y experimentarlo sabemos cuánto le debemos. Manuel Alemán se asombraba y se admiraba de los valores y las cualidades de los demás. Descubría el valor de cada persona y luego le regalaba más crecimiento. Nunca le vi robarle la fama al prójimo.

 


Manolo preparaba tres cosas antes de abandonamos: revisar su Psicología del Hombre Canario. Escribir un ensayo sobre la juventud canaria, donde dedicaría un capítulo a los estudiantes. Además, preparaba una reflexión sobre su maestro en Agaete, Don José Bermúdez. Sólo tenemos las primeras páginas del borrador de su ensayo sobre la juventud canaria, pasadas a máquina por su sobrina Antonia. De lo demás, sólo tenemos trozos aislados en nuestra memoria, donde la clase política iba a formar parte de una renovada reflexión acerca de las relaciones entre identidad y política en Canarias.

 

No es tristeza lo que nos abruma cuando pensamos qué habría dicho Manolo sobre los políticos canarios y la identidad y, si bien sé que respetaba a unos cuantos que fueron de trayectoria intachable, alguno ya fallecido, sus argumentos no estaban dirigidos hacia personas, porque no era un político de partido. Se dirigía a las prácticas políticas, a las nuevas formas de institucionalización del poder regional y las reacciones de protesta de algunos políticos que no se prestaron a ceremonias de confusión social, mezclando pedagogía política con marketing político. Se dirigía a las estridencias y pactos cocidos malamente entre derechas e izquierdas. En definitiva, al enorme fraude que él experimentó con las nuevas estrategias de desencanto de una clase política en ascenso y ansiosa por el producto y no por el proceso, pero que luego, llegados al poder, el proceso se quedaba en racionalizaciones inverificables. Estrategias que avisaban de un nuevo temporal de sumisiones y entreguismo a las fuerzas ciegas de la ley de la demanda y la oferta en el mercado de la política, ley que habría de producir, una vez más, el apagón de la conciencia (neblinada) por efecto de las recién adquiridas miserias ideológicas. Miserias reconcentradas por el necesario marketing político que habría de inutilizar la pedagogía política de los canarios por una pedagogía entreguista, complaciente y utilitarista, sabiendo ahora las élites que es mejor felicitar al campeón de Operación Triunfo que al ciudadano invisible que lucha desde la base social por arreglar las necesidades insatisfechas generadas por el propio sistema y las decisiones políticas autocomplacientes.

 

Como pensaba Manolo, recuerdo exactamente que fue en 1990, esto era un intercambio desigual porque votábamos a gente que sólo nos daban posibilidades virtuales y, a cambio, le dábamos un poder por cuatro años, nunca acompañado por algún procedimiento que les obligara a sellar nuestro futuro. Claro que, en el futuro que pensaba Manolo, Manuel Alemán, había que interponer una identidad política resistente y equilibrada que redirigiera el protagonismo hacia una identidad que satisficiera nuestras necesidades reales, frente a las virtuales y postizas, lo cual dependía de quién pensábamos que éramos para saber qué queríamos ser dentro de ese ciclo de reconstrucción constante de identidades, cuya única esencia inmutable debía ser moral y social. He aquí, pues, la pedagogía política de Psicología del Hombre Canario.

 


Paul Ricoeur dice que el mundo es un texto que nos precede, que ya está escrito, simbolizado por el lenguaje, las diferentes instituciones sociales y entornos humanos que nos informan, y que la interpretación de ese texto hace que el sujeto se comprenda mejor a sí mismo, de otra manera que lo hace más consciente de sí mismo, que, en definitiva, es un comienzo que le llevará a comprenderse progresivamente. Si al ser interpretado y leído el texto que es Canarias y su historia, sus gentes y sus instituciones sociales, el sujeto es capaz de identificarse como parte y efecto de la trama, es que ha llegado a tomar conciencia de su identidad. A esto lo llama Manuel Alemán tomar conciencia, desneblinarse, vencer la neblina que oscurece la conciencia de que somos producto y productores de ese texto y esa trama narrativa que constituyen nuestra historia y nuestras instituciones de interacción social. Para Manuel Alemán, no sólo estamos escritos en la historia, en su narrativa total, sino que también escribimos el texto, el texto es tanto nuestro como nosotros del texto. El texto que es Canarias lo escribimos con nuestras actitudes, nuestros comportamientos reales, nuestros valores, nuestras creencias y nuestras emociones y, a su vez, productores producidos que somos, esas mismas constelaciones de comportamientos prácticos y mundos mentales nos afectan y sumergen haciéndonos ser lo que somos.

 

Pero este paso de recomponer lo que a la vez está fuera y dentro de nosotros, que es construcción histórica, como el viaje de la propia conciencia, hasta la identidad consciente, que es, en Manuel Alemán, no lo olvidemos, moral y social a la vez que cultural nos lleva a la necesidad de la educación.

 

Se trata de una educación no modeladora y prefabricada desde consignas nacionalistas, imperialistas o estatales, sino liberadora (no bancaria, como bien le gustaba decir para citar a Freire). Liberadora en el sentido de poner las condiciones “que estimulen al pueblo a inventar por sí mismo su propio modelo” (Manuel Alemán). Está clara la idea de Manuel Alemán, aunque muchos advenedizos la interpretan como imposición de una “manera de ser”, única, ahistórica, esencialista e inalterable, con el sabor de lo auténtico vinculado a proyectos de identidad de muy variado cuño (guanchismo, africanismo, europeísmo, españolismo…), perdiendo de vista que de lo que se trata, tal como venimos argumentando e insistiendo hasta aquí, es de la misma sociomoral que identifica toda la obra del maestro; esto es, apartar y vencer las actitudes de poder que tratan de imponer decisiones al margen del pueblo, de enmudecer su protagonismo ciudadano (civil, social, político y cultural); de disfrazar las injusticias que tratan de robar protagonismo histórico a quienes verdaderamente sufren las consecuencias de políticas engañosamente perfumadas. Un “perfume político” o una “política perfumada” que disimule el hedor que todo prisionero de la historia desprende cuando es abandonado en los calabozos de la gente sin historia, a los “no lugares”, a los “lugares líquidos”.

JOSÉ ANTONIO YOUNIS HERNÁNDEZ

Catedrático de E.U. de Psicología Social de la ULPGC

Presidente del Instituto Psicosocial Manuel Alemán