¿Es Necesario Manuel Alemán? | ¿Es Necesario Manuel Alemán? |
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¿Es necesaria la identidad? La pregunta de Stuart Hall sobre
quién necesita la identidad está presente en Manuel Alemán, por eso hemos
titulado esta introducción como una metonimia del maestro Alemán Álamo. Haber
llegado a 10 ediciones de Psicología del Hombre Canario, debe tener alguna
relación con la pregunta de Hall, pues se comprueba que la libido identitaria,
tan poco gratificada en Canarias y que se ha prestado a pocas reflexiones
realmente estimulantes como la de Manuel Alemán, sigue en el deseo.
La identidad es un concepto que se ha vuelto explosivo y de difícil
teorización, sometido a críticas y revisiones, pero que sin embargo hoy más que
nunca está presente en un alto porcentaje de disciplinas (Hall). Cuando Stuart
Hall pregunta por el debate del concepto, aboga por un enfoque discursivo
(prácticas discursivas) del asunto, más que esencialista, y refiere el concepto
de identificación como más acorde para dar cuenta de esa realidad mutable,
inestable, llena de cambios en que hoy se ha convertido la identidad. El mismo
Bauman, aludiendo a Hall, dirá que es mejor hablar de identificaciones que de
identidades, en consonancia con un mundo más globalizado, donde las
identificaciones están siempre abiertas e incompletas. Manuel Alemán, ya desde
1980, aboga por no cerrar las identificaciones a sólo lo canario, al
regionalismo cerrado que nos lleva a perder conciencia universal. Tampoco lo
cierra al esencialismo de la raza, pues nos avisa del riesgo de caer en el racismo si reducimos la persona a
niveles biológicos.
Como dirá Bauman, las adscripciones a que obligaba la premodernidad hacían
innecesaria la tarea de construir una identidad, puesto que ya estaba dada de
antemano; pero con la modernidad las cosas cambian y ahora es una tarea llena
de inseguridades y vacilaciones para aquél que quiera emprender el camino de
arriesgarse con nuevas o variadas identificaciones.
Ahora, con la modernidad, las camisas sólidas de la
identidad se vuelven más líquidas. Y es así, pues desde esta poca solidez
estamos en el mundo y en Canarias: lugares de tránsito de identidades, lugares
invitados a ser cualquier cosa que pase a través de ellos, de nosotros,
“lugares líquidos” y “no lugares”. A poco que imaginemos a Canarias desde la metáfora de Marc Augé de los “no lugares”, o mi metáfora de “lugares líquidos”, reiventada al combinar a Bauman con Augé, me doy cuenta que la preocupación de Manolo, nuestro Manuel Alemán, es que Canarias dejara de ser un “lugar líquido”, sometido a la periferia y desgajado de una centralidad propia, sacrificado por intereses espúreos, desautorizada y banalizada culturalmente para que no pensara en sus propias alternativas. Y ya se sabe, los “lugares líquidos”, los “no lugares”, son espacios lábiles, expuestos a más ofertas de identificación que los lugares que ocupan lugares centrales, reposados. Desde esta idea es que debe entenderse la crítica de Manolo al europeísmo, una Europa colonial y explotadora, una Europa que nos invita a ser como ellos, pero quedándonos en la periferia, <<descentrados>> como literalmente escribe Manolo, para lanzarnos al “no lugar”, lugar de “identidades líquidas”.
Los lugares como Canarias, lugares que se han formulado como de tránsito entre
continentes, puente de enlace entre continentes y lugar de tránsito entre múltiples
culturas y así sucesivamente, son lugares que se pueden quedar en “no lugares”,
lugares de paso, de tránsito, vacíos de tanta liquidez que las liquida. Esta
liquidación sutil, soterrada, invisible, inmaterial, con las buenas maneras de
la opresión disimulada y el doble filo de las navajas que advierten que es peor
identificarse con el deseo de existencia propia que con el amo, que de comer en
su mano pasará a la correa de castigo. Es esa correa de castigo, en la mano del
amo, la que recorre Manuel Alemán cuando repasa nuestra historia.
Sumergirse en el campo de la identidad, desde este punto de
vista productivo, nos permite detectar que los estudios etnoidentitarios
producidos por las llamadas nacionalidades históricas son un síntoma de
centramiento en intereses y preferencias colectivas, aunque sean reductibles a
las élites dominantes. La acción basada en intereses de grupos determinados,
sin embargo, puede perfectamente conformar acciones colectivas si ese grupo de
vanguardia tiene poder social suficiente para mantener un discurso coherente
capaz de influir en otros sectores de la sociedad a los que puede hacer
sentirse referenciados e identificados por unos intereses y sentimientos
comunes. No importa que esos sentimientos comunes se basen en comunidades
imaginadas, como decía Benedict Anderson:
[...] con un espíritu
antropológico propongo la definición siguiente de la nación: una comunidad
política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque
aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de
sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la
mente de cada uno vive la imagen de su comunión [...] Las comunidades no deben
distinguirse por su falsedad o legitimidad, sino por el estilo en que son imaginadas
[...] La nación se imagina limitada porque incluso la mayor de ellas, que
alberga tal vez a mil millones de seres humanos vivos, tiene fronteras finitas,
aunque elásticas, más allá de las cuales se encuentran otras naciones [...] Se
imagina soberana porque el concepto nació en una época en que
Es el sentimiento compartido de pertenecer a una misma
identidad y voluntad, no el pasado común, aunque exista, ni la historia, aunque
se posea, o la lengua, religión o cualquier otra cosa, sino ese sentimiento de
que somos uno, el compartir una representación común lo que convierte a gente
dispersa en un todo integrado.
Descentramiento versus centramiento no es un binomio fácil
de explicar, a no ser que se acuda a teorías de alcance estructural e
histórico. En el caso de Canarias, esta aparente falta de ocupación productiva
por la identidad no puede argumentarse como falta de interés por los canarios.
El contrapunto llamativo está en las diez ediciones del libro de Manuel Alemán,
algo gigantesco si pensamos en las limitaciones de nuestro mercado editorial.
Mi hipótesis, nacida al calor de conversaciones con el
maestro, es que somos una sociedad de relaciones entre forasteros y
establecidos, de relaciones conflictivas y cambiantes, de asimetrías de poder
entre grupos sociales establecidos y recién llegados, tal como fueron
estudiadas por Norbert Elias estas relaciones antagónicas. Sólo que, en el caso
canario, las cosas sucedieron al revés de cómo las estudió Elias: que los
forasteros, a partir de la conquista, fueron los que en general acumularon más
poder en el tiempo. La sociodinámica entre establecidos y forasteros, de
relaciones comunitarias conflictivas entre grupos oposicionales, constituye la
nota musical que siempre suena, entre líneas, pero con claridad, en el sustrato
de Psicología del Hombre Canario.
Es posible que los pueblos sin historia, no tenidos en
cuenta por la historia de las gentes de Europa, al ser pueblos pasados por el
baño helado de la colonización empezaron a contar, a ser tenidos en cuenta,
pero de una forma determinada que los hacía, nos hacía, seguir siendo
desposeídos y alienados por su participación (forzada) en una historia
globalizada nacida de la voluntad de poder de la que hablaba Manolo. Y así
seguimos, todavía titiritando de frío, esperando que el calor de nuestra fuerza
genere una narrativa identitaria que oriente el sentido de esa “historia
borracha” que va dando tumbos, siempre buscando encontrar ese ansiado centro de
gravedad que nos proporcione la calma y el equilibrio que todavía no tenemos.
Eje de sentido, centro de gravedad a conquistar, no como si
la identidad fuera una esencia, una sustancia inalterable, sino, simplemente,
una respuesta a la pregunta más actualizada acerca de cuántas identidades
poseemos los canarios y cuál de ellas nos favorece como colectivo humano en
según qué contextos histórico-sociales, como comunidad creciente, cohesionada
socialmente, aspirante a ser una ciudadanía civil (con garantía de libertades,
una vez que los derechos de contestación están siendo anulados por una cada vez
más creciente política de caciquismo de nuevo cuño); una ciudadanía social
(derecho al bienestar, ya que somos una de las comunidades del Estado español
con el índice más alto de pobreza) y, por último, una comunidad cultural, el
reconocimiento de que pertenecemos a una comunidad humana específica que desea
renombrarse y que no encuentra medios de libertad que impulsen la visibilidad
de sus derechos y obligaciones.
Hay quien hace una lectura de Psicología del Hombre Canario
sin ver qué visibilidades quiso transparentar Manuel Alemán. No llegan a ver
que la noción identitaria que lo conmueve es la conflictiva, la que es producto
y proceso a la vez, la que responde a un eterno y nunca acabado orden
identitario deseado. La identidad que es deseo en construcción y cuya
psicología de la liberación corresponde a un “ideal universal” de fraternidad
que alcanza más lejos de la inmediata identidad canaria, para llegar a fundirse
en otras identidades, una vez que el reto del orden moral deseado haya cumplido
su expediente.
Las lecturas intelectualizantes y abstractas que se han
hecho de su libro, o las meramente descriptivas, como si de un libro de texto
se tratara, no llegan a captar el conjunto de prácticas que componen su
hermenéutica del mundo. La dificultad de encontrar algo más que meras lecciones
de “psicología de los pueblos”, -siguiendo el modelo alemán de psicología
social de Wund- ; o las más pintorescas, que ven en las ideas de Manolo el cuño
del primer romanticismo intelectual y político que llevó a algunos pensadores
idealistas a confundir ficción con realidad a poco que se despistaran, está,
esta dificultad, decía, en desconocer que su obra es el más vivo reflejo de lo
que él era en lo personal. Una persona con formación de banda ancha, humanista
de saberes y tejedor de redes de compromiso ético para la vida en común.
Esa es la cuestión: redes de compromiso ético. Tenía Manolo
una probada y descomunal sensibilidad hacia las injusticias, por eso llamó la
atención sobre nuestra circunstancia y sobre nuestro entorno canario. Si se lee
con detenimiento la obra del pensador, trata de una “idea ética” de la
identidad. Identidad irrecuperable si se omitía la restitución de la dignidad,
la lucha política y la liberación de los oprimidos. Una ética que se basaba en
la liberación de identidades sojuzgadas, explotadas social y económicamente, a
través del periplo histórico canario correlativo a un pueblo asido a sucesivas
olas migratorias y a ser mano de obra en una economía siempre vertida hacia el
exterior.
La persona y el respeto hacia la misma formaban parte del
entramado de su moral personal, una misma moral que alcanzaba por simpática
transmisión la moral colectiva con la que pensaba al pueblo y la historia de
Canarias. La persona del pensador y la persona íntima eran perfecto correlato
la una de la otra, sin duda. La educación y el orden social, la identidad y el
orden social, la política y el orden social, la familia y el orden social, la
juventud y el orden social y un largo etcétera formaban parte de su indagatoria
humanista de la persona: un irrenunciable ético que enlaza a la persona con el
orden social, a la libertad con los derechos, y, singularmente, a la historia
con las acciones de injusticia que había que denunciar. La identidad canaria
vivía un hacinamiento moral engorroso que había que visibilizar y, para ello,
había que levantar las baldosas del orden social, histórico y político,
colocadas en la trayectoria de nuestra psicohistoria canaria.
Haber estado con Manolo, sentir el mecanismo de fondo de su
discurso, no es algo que se retenga como quien va al cine a ver una película y
después la comenta. Captar los contextos sociopolíticos y de exclusión social
donde ubicaba el tema de la identidad canaria, haciendo aparecer a los sectores
marginales como actores importantes de nuestro pasado y, sobre todo, de nuestro
porvenir, es llegar dolorosamente a captar la idea de violencia estructural en
tus propias carnes, una violencia que había <<entrado sin permiso dentro
de uno mismo>>, algo que yo mismo había omitido porque sencillamente
estaba convencido que los canarios somos unos aplatanados.
De este modo, la responsabilidad de la identidad es
histórica, pero también personal, de cada canario. Conciencia neblinada es algo
más que una bonita metáfora cumbrera y meteorológica, es una metáfora que sólo
se entiende desde una comunicación más profunda, y decía que dolorosa, que
provoca profundos cambios en el alma de quien se hacía parte participante de
los diálogos con Manolo porque, sin duda, sus “operativos intelectuales”
estuvieron en la palabra y en la escucha, en transferir responsabilidades al
interlocutor, aunque ese interlocutor, como fue mi caso, sólo fuera un fiel
buscador de alguna documentación y, sobre todo, sparring-aprendiz en el
cuadrilátero de Psicología del Hombre Canario, donde el maestro me había introducido
cariñosamente, para darme un tortazo de vez en cuando y espabilara mi relación
de miedo y desconfianza hacia la complicada idea de captar que, identidad
personal e identidad colectiva, son simultáneas y de efecto sinérgico.
El miedo a la identidad, miedo de muchos canarios, es un
miedo a los dilemas históricos que están sin resolver, a los límites imprecisos
del yo colectivo y el yo individual, entre el orden político de convivencia
vigente y la dinámica de las aspiraciones inconclusas, difusas o erráticas.
¿Cuáles son nuestras adscripciones identitarias? ¿Qué somos? ¿Quiénes somos?
¿Con quién nos asociamos? De los otros grupos étnicos existentes, ¿cuál o
cuáles forman parte de nuestro mestizaje y con qué sentimientos y con qué
razones nos hemos movido-oscilado históricamente entre dichos grupos? ¿Qué se
puede negar o afirmar? ¿Qué se debe cambiar y qué debe permanecer? ¿Qué ha
cambiado? Son preguntas de vértigo que buscan calmar nuestras desorientaciones,
especialmente con la llegada de la democracia, que nos invitó a elegir figuras
de reconocimiento e identificación por las que hemos pasado al día de hoy, sin
que hayan sido del todo abandonadas, sino más bien transformadas, sincretizadas
o sostenidas bajo formas híbridas nunca cerradas del todo.
Los políticos, a nivel regional, han puesto difícil este
reconocimiento identitario. La pedagogía política de sus repertorios ha
reaccionado mal a la democracia, confundiendo instrumentalizar a las masas con
educar a las masas, o bien, en el menos malo de los sentidos, informarla. Pero
se trataba de educarla educándose con ella, concibiendo que la educación es una
práctica política como decía Manolo que decía Paulo Freire. La identidad, en
este sentido político y de pedagogía, no ha tenido en la clase política, sólo
en contadas ocasiones, una mano de liderazgo socializador desde la actoría
pública.
El miedo y la desconfianza hacia el sí mismo colectivo ha
fraguado sobre un déficit de memorias de compromiso durante el proceso de
socialización política de los canarios. La conciencia de identidad pasa por una
conciencia política de las relaciones de poder, y, las antiguas dependencias
populares, por logros de entendimiento (conciencia) del sentido de los cambios
implicados en la democracia. Pero nada de esto ha interesado a la pedagogía
política, porque se prefirió fomentar el miedo y la dependencia, la inseguridad
y el desencanto por la incapacidad de los líderes políticos para establecer
nuevos proyectos de socialización en una Canarias que podía, por una vez, tomarse
a sí misma como referencia.
Una gran parte de la redacción de Psicología del Hombre
Canario tuvo lugar en los meses de agosto, durante aproximadamente tres años,
en la isla de Fuerteventura, en un lugar llamado Corralejo y cuya realidad fue
un laboratorio vivo donde Manolo apreció las influencias de la modernidad de
los cambios llevados por el turismo, así como los efectos y reacciones de los
lugareños. No quiero decir que empezara a pensar tal asunto en Corralejo, ya lo
hizo en el sur de Gran Canaria, sino que las cercanías y conocimiento inmediato
de “personajes canarios” del lugar, con los que trabó una buena amistad, le
hacía reflexionar en alta voz, sentados él y yo en la terraza del apartamento
que nos alquilaba Ramón, uno de los personajes que le ayudaron (sin saberlo) a
ver, in situ, procesos de cambio en las ideas, en los sentimientos y en los
comportamientos de la gente de Corralejo.
Hay que decir, claro está, que antes de empezar a escribir
su obra más importante ya iba de vacaciones a Fuerteventura y desde ese
entonces ya reflexionaba sobre estos asuntos del cambio social y las
influencias sobre la identidad. Una razón más para saber que la identidad
representada en sus argumentos psicosociales huía del esencialismo a favor del
construccionismo social e histórico. Responder a la pregunta quién soy yo no
era, para Manolo, un ejercicio caníbal, sino más bien exploratorio y viajero,
considerando la existencia de la identidad como diferentes estaciones pasadas,
presentes y futuras. Pero un futuro, merced a su concepción sociológica,
histórica y psicológica que tenía más de viaje interminable, cuyas únicas metas
fijas consistían en alcanzar la buena sociedad, lograr un estatus moral
permanente gracias al esfuerzo de liberación e institucionalización de justicia
social y cultural para Canarias.
Era la de Manolo, Manuel Alemán, una profesión peligrosa. La
de pensar, la de ser libre y no hacerse pasar por lo que no era. Manolo era por
ello un virtuoso que sufría. Virtud, “fuente rica de sufrimientos para el ser
humano”, decía Aristóteles, que hicieron de Manolo un hombre valiente. Amigos
de sus amigos, pero más amigo de la verdad como también dijo Aristóteles
refiriéndose a Platón, hacían de este canario singular un hombre respetado por
su profundidad moral y su sentido noble de la vida en común. Un sentimiento de
protección del más débil y atropellado hacía que tomara partido por lo justo,
mientras otros se inclinaban por lo que favorecía sus intereses o su ego
personal. No perseguía grandes satisfacciones ni reinados imperiales, porque la
actitud de acogida era más fuerte que la de anulación, lo que llevó a más de
uno a clasificarlo como un “buenazo” o un “ingenuo”, casi siempre por parte de
quienes sí que aspiraban a pequeñitos imperios domésticos, a tener algún
podercito menguante que barnizara sus precariedades personales y sus afanes
autoritarios, de poderío.
¡Qué impresionante el poder moral de Manolo! Acompañaba su
rostro con una eterna sonrisa que inspiraba ternura. Atento y respetuoso, nunca
desperdició el tiempo de los demás, ni trató de usufructuar o colonizar a
nadie. Nunca utilizó la abundancia de poder para comprar lealtades. Fuera o
dentro de
Manolo preparaba tres cosas antes de abandonamos: revisar su
Psicología del Hombre Canario. Escribir un ensayo sobre la juventud canaria,
donde dedicaría un capítulo a los estudiantes. Además, preparaba una reflexión
sobre su maestro en Agaete, Don José Bermúdez. Sólo tenemos las primeras
páginas del borrador de su ensayo sobre la juventud canaria, pasadas a máquina
por su sobrina Antonia. De lo demás, sólo tenemos trozos aislados en nuestra
memoria, donde la clase política iba a formar parte de una renovada reflexión
acerca de las relaciones entre identidad y política en Canarias.
No es tristeza lo que nos abruma cuando pensamos qué habría
dicho Manolo sobre los políticos canarios y la identidad y, si bien sé que
respetaba a unos cuantos que fueron de trayectoria intachable, alguno ya
fallecido, sus argumentos no estaban dirigidos hacia personas, porque no era un
político de partido. Se dirigía a las prácticas políticas, a las nuevas formas
de institucionalización del poder regional y las reacciones de protesta de
algunos políticos que no se prestaron a ceremonias de confusión social,
mezclando pedagogía política con marketing político. Se dirigía a las
estridencias y pactos cocidos malamente entre derechas e izquierdas. En
definitiva, al enorme fraude que él experimentó con las nuevas estrategias de
desencanto de una clase política en ascenso y ansiosa por el producto y no por
el proceso, pero que luego, llegados al poder, el proceso se quedaba en
racionalizaciones inverificables. Estrategias que avisaban de un nuevo temporal
de sumisiones y entreguismo a las fuerzas ciegas de la ley de la demanda y la
oferta en el mercado de la política, ley que habría de producir, una vez más,
el apagón de la conciencia (neblinada) por efecto de las recién adquiridas
miserias ideológicas. Miserias reconcentradas por el necesario marketing
político que habría de inutilizar la pedagogía política de los canarios por una
pedagogía entreguista, complaciente y utilitarista, sabiendo ahora las élites
que es mejor felicitar al campeón de Operación Triunfo que al ciudadano
invisible que lucha desde la base social por arreglar las necesidades
insatisfechas generadas por el propio sistema y las decisiones políticas
autocomplacientes.
Como pensaba Manolo, recuerdo exactamente que fue en 1990,
esto era un intercambio desigual porque votábamos a gente que sólo nos daban
posibilidades virtuales y, a cambio, le dábamos un poder por cuatro años, nunca
acompañado por algún procedimiento que les obligara a sellar nuestro futuro.
Claro que, en el futuro que pensaba Manolo, Manuel Alemán, había que interponer
una identidad política resistente y equilibrada que redirigiera el protagonismo
hacia una identidad que satisficiera nuestras necesidades reales, frente a las
virtuales y postizas, lo cual dependía de quién pensábamos que éramos para
saber qué queríamos ser dentro de ese ciclo de reconstrucción constante de
identidades, cuya única esencia inmutable debía ser moral y social. He aquí,
pues, la pedagogía política de Psicología del Hombre Canario.
Paul Ricoeur dice que el mundo es un texto que nos precede, que ya está escrito, simbolizado por el lenguaje, las diferentes instituciones sociales y entornos humanos que nos informan, y que la interpretación de ese texto hace que el sujeto se comprenda mejor a sí mismo, de otra manera que lo hace más consciente de sí mismo, que, en definitiva, es un comienzo que le llevará a comprenderse progresivamente. Si al ser interpretado y leído el texto que es Canarias y su historia, sus gentes y sus instituciones sociales, el sujeto es capaz de identificarse como parte y efecto de la trama, es que ha llegado a tomar conciencia de su identidad. A esto lo llama Manuel Alemán tomar conciencia, desneblinarse, vencer la neblina que oscurece la conciencia de que somos producto y productores de ese texto y esa trama narrativa que constituyen nuestra historia y nuestras instituciones de interacción social. Para Manuel Alemán, no sólo estamos escritos en la historia, en su narrativa total, sino que también escribimos el texto, el texto es tanto nuestro como nosotros del texto. El texto que es Canarias lo escribimos con nuestras actitudes, nuestros comportamientos reales, nuestros valores, nuestras creencias y nuestras emociones y, a su vez, productores producidos que somos, esas mismas constelaciones de comportamientos prácticos y mundos mentales nos afectan y sumergen haciéndonos ser lo que somos.
Pero este paso de recomponer lo que a la vez está fuera y dentro de nosotros, que es construcción histórica, como el viaje de la propia conciencia, hasta la identidad consciente, que es, en Manuel Alemán, no lo olvidemos, moral y social a la vez que cultural nos lleva a la necesidad de la educación.
Se trata de una educación no modeladora y prefabricada desde
consignas nacionalistas, imperialistas o estatales, sino liberadora (no
bancaria, como bien le gustaba decir para citar a Freire). Liberadora en el
sentido de poner las condiciones “que estimulen al pueblo a inventar por sí
mismo su propio modelo” (Manuel Alemán). Está clara la idea de Manuel Alemán,
aunque muchos advenedizos la interpretan como imposición de una “manera de
ser”, única, ahistórica, esencialista e inalterable, con el sabor de lo
auténtico vinculado a proyectos de identidad de muy variado cuño (guanchismo,
africanismo, europeísmo, españolismo…), perdiendo de vista que de lo que se
trata, tal como venimos argumentando e insistiendo hasta aquí, es de la misma
sociomoral que identifica toda la obra del maestro; esto es, apartar y vencer
las actitudes de poder que tratan de imponer decisiones al margen del pueblo,
de enmudecer su protagonismo ciudadano (civil, social, político y cultural); de
disfrazar las injusticias que tratan de robar protagonismo histórico a quienes
verdaderamente sufren las consecuencias de políticas engañosamente perfumadas.
Un “perfume político” o una “política perfumada” que disimule el hedor que todo
prisionero de la historia desprende cuando es abandonado en los calabozos de la
gente sin historia, a los “no lugares”, a los “lugares líquidos”.
JOSÉ
Catedrático de E.U. de Psicología Social de Presidente del Instituto Psicosocial Manuel Alemán |