¿Quién es Manuel Alemán? | ¿Quién es Manuel Alemán? |
Página 2 de 3 Manolo tenía un aire eternamente joven. Nunca desentonaba entre los jóvenes: estaba con ellos en sus fiestas, excursiones y salidas en grupo. Y los jóvenes siempre se dirigían a él buscando al maestro, amigo y educador; su sensibilidad por las necesidades de los demás siempre fue por delante de sus deseos personales. Como a Sócrates, lo acusaron de corromper a la juventud tachándolo con el epíteto más simplón de aquel entonces: "cura rojo". Manolo manejaba dos estiletes, uno en cada mano, uno en cada hemisferio cerebral, y, siempre, los dos, dirigidos por el corazón: ese gran corazón que al final se le desbordó de tan habitado por los demás.
El "estilete
rogeriano", porque nunca quiso usurpar la subjetividad de los demás
decidiendo por ellos. De ahí su clara exposición de las relaciones no
directivas entre los seres humanos, en el libro La relación no directiva, en
homenaje a Carl Rogers, al que, sin embargo, criticó por su trivialidad
paralizante respecto de la realidad sociopolítica presente en las relaciones
humanas. Por eso, compensaba las insuficiencias del pensamiento rogeriano con
el "estilete freudo-marxista".
El "estilete freudo-marxista",
porque su penetrante sabiduría desabrochaba los indicios de superficialidad.
Dejaba fluir el razonamiento y los argumentos del interlocutor hasta hacer que
el propio sujeto, en su alocada carrera, desembocara en el absurdo. Con Manolo
no se podía: era un polemizador temible, pero sin grandes retóricas o juegos
florales con el verbo, sino sencillo, directo, transparente hasta en el
razonamiento más complejo. Lo grandioso de este hombre es que, después de
hacerse a un lado para que pasaras sin atropellarlo en tu alocada carrera de
soberbia adolescente con desembocadura en el absurdo, no te humillaba después,
sino que encima te dejaba creer que tú mismo habías encontrado la solución; que
tú mismo habías descubierto un tesoro arqueológico y que, luego, en un alarde
de generosidad intelectual, le habías permitido ver el tesoro que escondías.
Así era nuestro amigo, que a más de uno salvó de tomar decisiones erróneas,
alejándolo de perecer en cualquiera de las hogueras de las vanidades en las que
solemos metemos los humanos menos sabios y equilibrados. |
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