¿Quién es Manuel Alemán? | ¿Quién es Manuel Alemán? |
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MAESTRO.
Es la primera palabra que se me ocurre, antes que nada y sobre todo: maestro.
En Manuel Alemán nos encontramos con una ruptura aparente que siempre tuvo
presencia reconciliadora en su estilo personal, consistente en un
desplazamiento de ida y vuelta permanente entre lo intelectual- académico y
afectivo-personal. Son los dos polos equilibrados de la profunda riqueza que
siempre nos regaló Manuel Alemán. La trayectoria de Manuel Alemán se resume,
precisamente, en ese equilibrio coherente de la bipolaridad sabiduría-amor que
siempre mantuvo. La del hombre sabio y la del hombre bueno. En Manuel Alemán
convivían múltiples sujetos buenos y sabios.
UN SUJETO ÉPICO
Y GENEROSO. Manuel Alemán, Manolo, era un hombre heterodoxo
en lo afectivo y en lo intelectual. Su actitud intelectual era la de una
heterodoxia serena, sin crispación, socrática, propia de un sabio de la vida.
Decía Confucio que la manera más cómoda de hacer desaparecer a un elefante era
mirar para otro lado. La otra era enfrentar el asunto. La actitud de Manolo era
enfrentar el asunto. A muchos nos enseñó a ver los "elefantes" de
frente, desde la actitud valiente y comprometida que siempre mantuvo con los
problemas sociales, de la vida y de las personas que encontraron en él
orientación para sus propias existencias. Además del sujeto épico, encarnaba
otro sujeto, complementario, que podríamos calificar como sujeto agónico.
Siempre fue Manuel
Alemán un adelantado a su tiempo. Esto lo llevó a más de un enfrentamiento con
distintas instancias de poder, especialmente en este mundo pequeño de envidias
y cainismos que son nuestras islas. Ocurrió en sus tiempos de rector del
Seminario de Tafira, a los 23 años. Ocurrió cuando asumió la dirección de
Por eso, la
publicación de Psicología del hombre canario se convirtió en el reverso de la
endogamia cosmopolita, cómoda y servil, de los técnicos-eruditos de la cultura
académica que practicaban con relamida fruición un absoluto entreguismo a la
ciencia neutral y positivista. Evidentemente, esto molestó, pues llamó la
atención sobre nuestra circunstancia y sobre nuestro entorno. La reflexión de
Manolo sobre Canarias y los canarios cogió desprevenido a más de uno. Él fue
más original y observador que todos ellos. De repente se dieron cuenta de que
existíamos y que la investigación académica, del más puro estilo administrativo
de la cita en inglés a pie de página y de la carrera funcionarial
universitaria, jamás podría haber constituido la psico-socio-antropología del
hombre canario como un tema lo suficientemente maleable para el amañamiento de
la episteme positivista y funcionalista de las ciencias.
Fue publicado por
primera vez en el año 80. La construcción psíquica del hombre canario la
explica desde una concepción histórico-cultural. Es curioso que esta
concepción, tan en boga hoy en la psicología, después de superado el bache de
la psicología objetivista, entonces se la criticara. Curioso porque, además, es
la concepción del gran psicólogo ruso Vygotski, que tanta influencia tiene en
la actualidad en las ciencias sociales y psicológicas. Y puedo decir que Manolo
no se inspiró en Vygotski. Manolo, en psicología, estaba a la intemperie, pero
no perdido.
En
fin, sobrevivió tanto a los farsantes que nos gobiernan la vida y el pan de
cada día, como a la mentira social que los mantiene en el poder y el control de
nuestras personas.
Fue un instigador
inteligente, un propulsor hermenéutico y creativo en la reflexión política,
psicosocial y cultural de Canarias. Los medios personales que utilizó fueron la
generosidad y la valentía.
Se
prestaba igual de generoso a ser conferenciante en los pequeños pueblos de la
geografía canaria como en las parroquias, en las asociaciones de vecinos o en
los más conspicuos salones de
Daba igual el espacio
físico: su palabra no hacía concesiones para agradar al público de turno. Sus
convicciones personales y su coherencia intelectual nunca cayeron en las redes
del marketing personal. Su producción oral era inconmensurable, pero la ciencia
occidental ha promulgado la verdad científica como verdad publicada. El
pensamiento legítimo es el que está escrito; lo que sólo se dice carece de
importancia para el modelo de verdad eurocéntrico y occidental. Manuel Alemán,
valiente, no tenía necesidad de calculados gestos histriónico-aristocráticos.
Manuel Alemán,
valiente, no necesitaba "escenarios de comediante" ni lugares
prominentes para decir lo que quería decir a quien quería decirlo. Manuel
Alemán, que asustó por su valentía, no necesitaba de estas cosas porque era un
"barco" que nunca consideró el mar como patrimonio de su exclusivo
uso. Dejaba que otros "barcos" navegaran en el mismo océano en el que
él lo hacía. Siempre consideró a los que pasaban a su lado como
"barcos" amigos y no como buques de guerra. Por eso su barco carecía
de cañones, pues no veía en los demás a enemigos en potencia o a posibles
competidores que iban a restarle credibilidad o audiencia. Al contrario, era de
los que descubría el valor de cada persona y les regalaba más crecimiento.
Actitud que siempre mantuvo en el terreno personal, de las relaciones
académicas y como psicoterapeuta. Nunca le oí criticar gratuitamente a nadie.
Lo hizo en muy contadas ocasiones, siempre con la discreción de la inteligencia
y un respeto absoluto a la dignidad ajena. Muchas, muchísimas más veces,
hablaba bien de los demás. Por eso digo que Manolo era un hombre increíblemente
heterodoxo en lo afectivo.
Era un hombre que
defendía a los amigos. Incluso a aquéllos que se aprovecharon de su generosidad
y que nunca aprendieron nada de él, los inevitables enfermos de celo y envidia,
Manuel Alemán los integró. La analogía de las relaciones entre la colonia y la
metrópolis, describe muy certeramente cómo era Manolo con los demás. Manolo no
era de los que depredaba a los demás por considerarlos colonias de su
propiedad, para robar sus materias primas y, luego, después de manufacturarlas,
explotarlas en beneficio propio. Manolo no era así. Manolo les descubría a los
demás qué riquezas profundas guardaban, qué materias primas tenían y cómo
podían explotarlas en beneficio de la felicidad propia y ajena.
Acompañaba su rostro
con una eterna sonrisa que inspiraba ternura. Atento y respetuoso, nunca
desperdició el tiempo de los demás, ni trató de usufructuar o colonizar a
nadie. Nunca utilizó la abundancia de poder para comprar lealtades. Fuera o
dentro de
No tenía enemigos,
salvo los inevitables. Lo que viví fue que a todas las personas escuchaba
atentamente, y a todos les hacía creer únicos e importantes. Con los que más
necesitaban creerlo, más se esmeraba. Su generosidad se mostraba en su modo
principal de intervención, que fue la palabra, el contacto personal, el impulso
organizador. |
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